Artículo publicado en el número 17 de la revista "El Indispensable" del IES Mario Roso de Luna de Logrosán.
El bullying o acoso escolar... Llevamos años repitiendo esta palabra. La vemos
en titulares, la escuchamos en charlas, pero, sinceramente, nunca crees que te
va a tocar. Yo, como padre, siempre pensé que era algo que pasaba "en otras
casas" o que se podía despachar como "cosas de niños". ¡Qué equivocado
estaba! El bullying no es un juego, es una violencia persistente, cruel y
profundamente destructiva que puede dejar una cicatriz de por vida en el alma
de un adolescente.
Y te lo digo desde la trinchera. Detrás de cada estadística fría, hay un rostro, un
nombre, una historia que ahora es parte de la mía.
Las cifras en España nos gritan que el problema está lejos de acabarse. Miles
de estudiantes son humillados, insultados, aislados o agredidos, y lo peor es el
silencio. Un silencio denso, pesado, porque muchos no saben cómo pedir
ayuda, a quién acudir. Y es que detrás de cada número hay un chico o una
chica que podría ser nuestro hijo, y un padre o madre que se siente
completamente solo.
La realidad ha cambiado y el acoso con ella. Si antes se limitaba a las burlas
en el patio, hoy la agresión no termina cuando suena el timbre. Ahora, el
smartphone es la cadena que ata a la víctima a su agresor las 24 horas del día.
Es la difusión malintencionada de una foto, la burla constante en un grupo de
WhatsApp, la exclusión digital que los persigue hasta su habitación, invadiendo
su refugio más íntimo.
El impacto es brutal. Te roba la autoestima, te machaca el ánimo, te hace dudar
de quién eres. No es una fase de la edad; es una agresión continuada que
puede llevar a la ansiedad, la depresión y, sí, incluso a pensamientos muy
oscuros.
De la estadística al salón de casa: cuando el miedo llama a tu puerta.
Como padre de un adolescente que vivió el infierno del acoso, puedo asegurar
que ninguna estadística te prepara para el golpe. Nada te enseña a manejar la
sensación de ver cómo tu hijo se apaga, cómo su risa se vuelve más rara,
cómo empieza a poner excusas para no ir a clase.
En mi casa, como en tantas otras, el acoso no llegó con un cartel brillante. Se
disfrazó de apatía, de ese cansancio que parecía inexplicable, de un humor
que cambiaba drásticamente. Hubo días en los que me pregunté si estaba
exagerando. Otros, en los que la culpa me taladraba la cabeza: "¿Por qué no lo
vi antes? ¿Por qué no pregunté mejor?" Esa mezcla de duda, frustración y
miedo a no saber cómo actuar es la peor trampa emocional para un padre.
Pero de aquella experiencia, aprendí una verdad innegociable: mirar hacia otro
lado no es una opción. Ni para nosotros, las familias, ni para el centro
educativo. El silencio no es la paz; es el aliado más peligroso del agresor.
La batalla en la escuela: exigir compromiso, no protocolos vacíos.
Cuando el acoso irrumpe, la respuesta del colegio es la primera línea de
defensa de tu hijo. Y aquí es donde necesitamos contundencia, no tibieza.
Los equipos directivos y los docentes tienen protocolos por una razón: para
proteger a la víctima y frenar la violencia. Pero un protocolo sin la voluntad real
de aplicarlo es solo un papel metido en un cajón. Es vacío.
Los servicios de orientación deben ser un puerto seguro y proactivo. No basta
con escuchar; hay que intervenir, acompañar a la familia y, sobre todo,
garantizar que el chico o la chica se sienta seguro. El miedo a las "malas
críticas" o a "afectar la imagen del centro" nunca puede estar por encima del
bienestar de un menor. El acoso no se soluciona solo. Exige decisión, empatía
y, repito: exige creer a quien sufre.
Aunque la escuela tiene una gran responsabilidad, el hogar es el principal
santuario. Somos nosotros quienes debemos aprender a leer entre líneas, a
escuchar sin juzgar, a crear un espacio de confianza donde nuestros hijos
sientan que pueden hablar de lo que sea.
Estar atentos es vital. Ese cambio sutil en su comportamiento es, a menudo, un
grito silencioso. Validar sus emociones, mostrarles que no están solos y
acompañarles en el proceso es esencial. Y si el acoso se confirma, no
podemos dudar: hay que hablar con el centro, exigir acciones y, si es
necesario, acudir a las autoridades. Nadie quiere llegar al punto de una
denuncia, pero cuando la integridad de tu hijo está en juego, la prudencia no
puede paralizarte.
Denunciar no es un acto de confrontación; es un acto puro y duro de
protección.
Escribo esto desde mi propia vivencia, con la esperanza de que sirva como una
linterna para otras familias que hoy están a oscuras. Si sospechas, si intuyes, si
dudas... actúa, ahora.
No esperes a que la situación sea "más evidente". No te convenzas de que "ya
se le pasará". No subestimes jamás tu intuición como padre o madre. El
bullying no desaparece por arte de magia; se frena con valentía, con acción y
con una red sólida de adultos comprometidos a defender a nuestros niños.
Nuestros hijos merecen crecer sintiéndose seguros, respetados y felices. Y
cuando el entorno les falla, los adultos que los amamos debemos estar a la
altura.
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