Nuevo liderazgo en el PSOE de Extremadura

Foto realizada con IA

Se acercan semanas decisivas para el socialismo extremeño. Son momentos de debate, de pasillos y de nombres. Si alguien me preguntase hoy qué perfil busco para liderar nuestro proyecto, mi respuesta sería clara y directa, alejada de cualquier dogmatismo: me es indiferente que sea hombre o mujer. Lo que exijo es que se cumpla, con rigor y sin excusas, el principio de igualdad que llevamos en nuestro ADN.

Pero el liderazgo que Extremadura nos reclama hoy va mucho más allá de las cuotas.

Sueño con un líder que no haya vivido siempre bajo el foco de la primera línea política. Busco a alguien que venga del segundo o tercer plano, pero con algo fundamental: una vida laboral propia. Necesitamos una persona con oficio fuera de la política; alguien cuyo vínculo con el servicio público nazca de la vocación y no de la necesidad, para que su criterio nunca esté condicionado por el miedo a perder un cargo.

Ese perfil debe combinar la formación académica—como herramienta necesaria para gestionar lo público con solvencia— con una experiencia de gestión contrastada. Buscamos a alguien capaz de coser heridas, de aglutinar sensibilidades contrarias y de dialogar hasta la extenuación. Quien aspire a gobernar la Junta de Extremadura no puede permitirse el lujo de no saber escuchar.

No se puede amar lo que no se conoce. El próximo liderazgo socialista debe sentir el polvo de nuestros caminos y el fresco de nuestras sierras. Debe conocer Extremadura desde la Sierra de Gata hasta la Campiña Sur, desde las Villuercas-Ibores-Jara hasta la comarca de Olivenza.

Debe ser, ante todo, una persona de pueblo. Alguien que entienda las dinámicas del mundo rural, sus silencios y sus urgencias. Solo quien conoce el latir de un municipio sabe que la política es, ante todo, proximidad. Porque hasta en las ciudades más grandes, tenemos a personas que proceden y tienen arraigo en los pueblos, que comprenden y se identifican con el contexto al que me refiero.

Sé bien de lo que hablo. Muchos recordarán las dos mayorías absolutas que obtuve en mi pueblo en 2015 y 2019. ¿Acaso alguien cree que esos resultados se forjaron solo con los votos de los militantes socialistas? En absoluto.

La confianza se construyó convenciendo a personas de izquierdas, de derechas y de centro. Esos vecinos apostaron por una candidatura que, aunque orgullosa de sus siglas, ofrecía un valor añadido: solvencia, cercanía y humanidad. Para transformar Extremadura, no basta con tener el respaldo de la militancia; necesitamos a alguien que genere confianza en el ciudadano de a pie, en ese que nos presta su voto solo si cree en nuestra honestidad.

Quiero dejar algo muy claro para evitar malentendidos: la persona que describo en estas líneas no soy yo. Nada más lejos de mis aspiraciones actuales.

Sin embargo, que nadie dude de mi compromiso. Aquellos que busquen mi apoyo, mi complicidad y mi convicción para esta misión, deben saber que mi lealtad pasa por el cumplimiento de estas características. Algunas de ellas son, para mí, innegociables. Nos jugamos el futuro de nuestra tierra, y Extremadura merece lo mejor de nosotros.

    

Permitir gobernar en Extremadura

 

Presidencia de la Junta de Extremadura


Creo recordar que en una ocasión, como militante socialista, se me preguntó si quería que mi partido llegase a un acuerdo con Ciudadanos para conformar gobierno. Aquello no volvió a repetirse a pesar de las anunciadas promesas y las numerosas ocasiones, que hubiera sido deseable darle la palabra a las bases.

En Extremadura no podemos esperar más tiempo ni siquiera irnos a unas nuevas elecciones.

Soy consciente de lo que ocurrió en el año 2023 y cómo a pesar de que Guillermo Fernández Vara ganó las elecciones finalmente hubo gobierno entre PP y VOX, que luego salió de aquella manera.

La situación orgánica en la que se encuentra el PSOE Extremadura no es la mejor para afrontar unas elecciones: primero por la falta de respuesta rápida y solvente ante unos nuevos comicios; y en segundo lugar por la negativa influencia de lo que acontece en el partido a nivel nacional.

Creo que es la hora del diálogo, de pensar en la gente más que en las siglas. 

Quizás la abstención no sea una mala opción. Permitamos que se conforme gobierno y hagamos del diálogo una fórmula de afianzar nuestras siglas, prepararnos para una nueva etapa trabajando desde esa posición y ganar tiempo para recuperar la confianza mayoritaria de los extremeños.

Hay que ser valientes y explorar cualquier vía que impida el avance de la ultraderecha en nuestra tierra.

Siempre he escuchado a personas sabias aquello de que "Muchas veces perdiendo acabas ganando".

    

Hacia una nueva alianza de izquierdas

Foto del acto celebrado en Madrid, el día 18 de febrero. Foto:www.ondacero.es


Dos de los líderes de la izquierda española, Emilio Delgado y Gabriel Rufián, se dieron cita ayer en Madrid para debatir, analizar y especialmente reivindicar una alianza de los partidos de izquierdas en nuestro país, que debe contrarrestar los ya -más que evidentes- avances del bloque de derechas y especialmente de la ultraderecha, como se viene constatando en la celebración de los comicios autonómicos de Extremadura y de Aragón.

Tengo que reconocer mi sintonía con ese propósito, máxime  después de escuchar atentamente las intervenciones de Emilio y Gabriel, que denotan el éxito de ese encuentro y del interés que a día de hoy existe en romper la dinámica de la evolución de la ultraderecha en España.

En los sistemas parlamentarios proporcionales como el español, la fragmentación política no es una anomalía sino una consecuencia lógica del pluralismo ideológico. Sin embargo, cuando esa fragmentación se traduce en competencia electoral entre fuerzas ideológicamente próximas, los efectos pueden ser estratégicamente perjudiciales. En el caso de la izquierda española, la concurrencia separada de múltiples candidaturas en distintas convocatorias ha generado debates recurrentes sobre pérdida de representación, debilitamiento negociador y oportunidades políticas desaprovechadas.

España utiliza un sistema proporcional con circunscripciones provinciales y aplicación del método D’Hondt. Aunque formalmente proporcional, el diseño favorece a partidos con concentración territorial del voto y penaliza a formaciones medianas o pequeñas cuando compiten por separado en provincias de baja magnitud (pocos escaños en juego).

En este contexto, cuando varias fuerzas de izquierda compiten entre sí se dispersa el voto ideológicamente homogéneo, se reducen las probabilidades de superar umbrales efectivos en provincias pequeñas y ello hace que se produzca una transferencia indirecta de escaños hacia partidos mejor posicionados.

No se trata solo de una cuestión aritmética, sino estratégica: en muchas provincias donde se reparten 3–5 escaños, la diferencia entre concurrir unidos o separados puede suponer pasar de obtener representación a quedarse fuera.

Tenemos claros antecentes, dentro y fuera de nuestras fronteras. El Frente Popular en el año 1936 que obtuvo un apoyo significativo que permitió consolidar un gobierno de corte progresista en un momento de fuerte polarización social y política. Cómo no el movimiento del 15M y la incursión de Podemos en la política española. Otros ejemplos en esta línea fue el movimiento argentino del Frente de Todos, que ganó las elecciones presidenciales de 2019 con cerca del 48 % de los votos, evitando un posible efecto de división entre fuerzas progresistas frente a la derecha. O incluso Syriza, en Grecia, que supuso la unidad de múltiples formaciones de izquierdas griegas bajo una coalición común que, con una narrativa fuerte contra la austeridad, alcanzó el poder en 2015.

Impulsar alianzas de izquierdas no implica diluir identidades políticas. Las coaliciones modernas pueden estructurarse mediante acuerdos programáticos mínimos, mecanismos de primarias conjuntas, pactos de no agresión electoral en determinadas circunscripciones y fórmulas federales que respeten autonomía territorial. El objetivo no es eliminar la pluralidad, sino coordinar estratégicamente la competencia electoral.

La cuestión central no es si la izquierda debe ser plural —lo es por definición—, sino cómo gestiona esa pluralidad en un sistema electoral que penaliza la dispersión. La experiencia histórica y reciente demuestra que, en determinadas coyunturas, la unidad electoral puede ser determinante para evitar la pérdida de oportunidades políticas.

En última instancia, la fragmentación no es solo un problema organizativo; es una cuestión de poder institucional. Y en política, la capacidad de transformar la realidad depende —en gran medida— de la capacidad de sumar.

Ojalá que finalmente se alcancen acuerdos y se frague esa alianza, que logre ilusionar, movilizar y atraer el apoyo mayoritario de las políticas progresistas, frente a los populismos y la ultraderecha.