Hacia una nueva alianza de izquierdas

Foto del acto celebrado en Madrid, el día 18 de febrero. Foto:www.ondacero.es


Dos de los líderes de la izquierda española, Emilio Delgado y Gabriel Rufián, se dieron cita ayer en Madrid para debatir, analizar y especialmente reivindicar una alianza de los partidos de izquierdas en nuestro país, que debe contrarrestar los ya -más que evidentes- avances del bloque de derechas y especialmente de la ultraderecha, como se viene constatando en la celebración de los comicios autonómicos de Extremadura y de Aragón.

Tengo que reconocer mi sintonía con ese propósito, máxime  después de escuchar atentamente las intervenciones de Emilio y Gabriel, que denotan el éxito de ese encuentro y del interés que a día de hoy existe en romper la dinámica de la evolución de la ultraderecha en España.

En los sistemas parlamentarios proporcionales como el español, la fragmentación política no es una anomalía sino una consecuencia lógica del pluralismo ideológico. Sin embargo, cuando esa fragmentación se traduce en competencia electoral entre fuerzas ideológicamente próximas, los efectos pueden ser estratégicamente perjudiciales. En el caso de la izquierda española, la concurrencia separada de múltiples candidaturas en distintas convocatorias ha generado debates recurrentes sobre pérdida de representación, debilitamiento negociador y oportunidades políticas desaprovechadas.

España utiliza un sistema proporcional con circunscripciones provinciales y aplicación del método D’Hondt. Aunque formalmente proporcional, el diseño favorece a partidos con concentración territorial del voto y penaliza a formaciones medianas o pequeñas cuando compiten por separado en provincias de baja magnitud (pocos escaños en juego).

En este contexto, cuando varias fuerzas de izquierda compiten entre sí se dispersa el voto ideológicamente homogéneo, se reducen las probabilidades de superar umbrales efectivos en provincias pequeñas y ello hace que se produzca una transferencia indirecta de escaños hacia partidos mejor posicionados.

No se trata solo de una cuestión aritmética, sino estratégica: en muchas provincias donde se reparten 3–5 escaños, la diferencia entre concurrir unidos o separados puede suponer pasar de obtener representación a quedarse fuera.

Tenemos claros antecentes, dentro y fuera de nuestras fronteras. El Frente Popular en el año 1936 que obtuvo un apoyo significativo que permitió consolidar un gobierno de corte progresista en un momento de fuerte polarización social y política. Cómo no el movimiento del 15M y la incursión de Podemos en la política española. Otros ejemplos en esta línea fue el movimiento argentino del Frente de Todos, que ganó las elecciones presidenciales de 2019 con cerca del 48 % de los votos, evitando un posible efecto de división entre fuerzas progresistas frente a la derecha. O incluso Syriza, en Grecia, que supuso la unidad de múltiples formaciones de izquierdas griegas bajo una coalición común que, con una narrativa fuerte contra la austeridad, alcanzó el poder en 2015.

Impulsar alianzas de izquierdas no implica diluir identidades políticas. Las coaliciones modernas pueden estructurarse mediante acuerdos programáticos mínimos, mecanismos de primarias conjuntas, pactos de no agresión electoral en determinadas circunscripciones y fórmulas federales que respeten autonomía territorial. El objetivo no es eliminar la pluralidad, sino coordinar estratégicamente la competencia electoral.

La cuestión central no es si la izquierda debe ser plural —lo es por definición—, sino cómo gestiona esa pluralidad en un sistema electoral que penaliza la dispersión. La experiencia histórica y reciente demuestra que, en determinadas coyunturas, la unidad electoral puede ser determinante para evitar la pérdida de oportunidades políticas.

En última instancia, la fragmentación no es solo un problema organizativo; es una cuestión de poder institucional. Y en política, la capacidad de transformar la realidad depende —en gran medida— de la capacidad de sumar.

Ojalá que finalmente se alcancen acuerdos y se frague esa alianza, que logre ilusionar, movilizar y atraer el apoyo mayoritario de las políticas progresistas, frente a los populismos y la ultraderecha.

    

El Bullying en la Adolescencia: La herida que vi sangrar en silencio

 


Artículo publicado en el número 17 de la revista "El Indispensable" del IES Mario Roso de Luna de Logrosán.


El bullying o acoso escolar... Llevamos años repitiendo esta palabra. La vemos en titulares, la escuchamos en charlas, pero, sinceramente, nunca crees que te va a tocar. Yo, como padre, siempre pensé que era algo que pasaba "en otras casas" o que se podía despachar como "cosas de niños". ¡Qué equivocado estaba! El bullying no es un juego, es una violencia persistente, cruel y profundamente destructiva que puede dejar una cicatriz de por vida en el alma de un adolescente. 

 Y te lo digo desde la trinchera. Detrás de cada estadística fría, hay un rostro, un nombre, una historia que ahora es parte de la mía. 

Las cifras en España nos gritan que el problema está lejos de acabarse. Miles de estudiantes son humillados, insultados, aislados o agredidos, y lo peor es el silencio. Un silencio denso, pesado, porque muchos no saben cómo pedir ayuda, a quién acudir. Y es que detrás de cada número hay un chico o una chica que podría ser nuestro hijo, y un padre o madre que se siente completamente solo.

La realidad ha cambiado y el acoso con ella. Si antes se limitaba a las burlas en el patio, hoy la agresión no termina cuando suena el timbre. Ahora, el smartphone es la cadena que ata a la víctima a su agresor las 24 horas del día. Es la difusión malintencionada de una foto, la burla constante en un grupo de WhatsApp, la exclusión digital que los persigue hasta su habitación, invadiendo su refugio más íntimo. 

El impacto es brutal. Te roba la autoestima, te machaca el ánimo, te hace dudar de quién eres. No es una fase de la edad; es una agresión continuada que puede llevar a la ansiedad, la depresión y, sí, incluso a pensamientos muy oscuros. De la estadística al salón de casa: cuando el miedo llama a tu puerta.

Como padre de un adolescente que vivió el infierno del acoso, puedo asegurar que ninguna estadística te prepara para el golpe. Nada te enseña a manejar la sensación de ver cómo tu hijo se apaga, cómo su risa se vuelve más rara, cómo empieza a poner excusas para no ir a clase. 

En mi casa, como en tantas otras, el acoso no llegó con un cartel brillante. Se disfrazó de apatía, de ese cansancio que parecía inexplicable, de un humor que cambiaba drásticamente. Hubo días en los que me pregunté si estaba exagerando. Otros, en los que la culpa me taladraba la cabeza: "¿Por qué no lo vi antes? ¿Por qué no pregunté mejor?" Esa mezcla de duda, frustración y miedo a no saber cómo actuar es la peor trampa emocional para un padre. 

Pero de aquella experiencia, aprendí una verdad innegociable: mirar hacia otro lado no es una opción. Ni para nosotros, las familias, ni para el centro educativo. El silencio no es la paz; es el aliado más peligroso del agresor. La batalla en la escuela: exigir compromiso, no protocolos vacíos.

Cuando el acoso irrumpe, la respuesta del colegio es la primera línea de defensa de tu hijo. Y aquí es donde necesitamos contundencia, no tibieza. 

Los equipos directivos y los docentes tienen protocolos por una razón: para proteger a la víctima y frenar la violencia. Pero un protocolo sin la voluntad real de aplicarlo es solo un papel metido en un cajón. Es vacío. 

Los servicios de orientación deben ser un puerto seguro y proactivo. No basta con escuchar; hay que intervenir, acompañar a la familia y, sobre todo, garantizar que el chico o la chica se sienta seguro. El miedo a las "malas críticas" o a "afectar la imagen del centro" nunca puede estar por encima del bienestar de un menor. El acoso no se soluciona solo. Exige decisión, empatía y, repito: exige creer a quien sufre. 

Aunque la escuela tiene una gran responsabilidad, el hogar es el principal santuario. Somos nosotros quienes debemos aprender a leer entre líneas, a escuchar sin juzgar, a crear un espacio de confianza donde nuestros hijos sientan que pueden hablar de lo que sea. 

Estar atentos es vital. Ese cambio sutil en su comportamiento es, a menudo, un grito silencioso. Validar sus emociones, mostrarles que no están solos y acompañarles en el proceso es esencial. Y si el acoso se confirma, no podemos dudar: hay que hablar con el centro, exigir acciones y, si es necesario, acudir a las autoridades. Nadie quiere llegar al punto de una denuncia, pero cuando la integridad de tu hijo está en juego, la prudencia no puede paralizarte.

Denunciar no es un acto de confrontación; es un acto puro y duro de protección. 

Escribo esto desde mi propia vivencia, con la esperanza de que sirva como una linterna para otras familias que hoy están a oscuras. Si sospechas, si intuyes, si dudas... actúa, ahora. 

No esperes a que la situación sea "más evidente". No te convenzas de que "ya se le pasará". No subestimes jamás tu intuición como padre o madre. El bullying no desaparece por arte de magia; se frena con valentía, con acción y con una red sólida de adultos comprometidos a defender a nuestros niños. Nuestros hijos merecen crecer sintiéndose seguros, respetados y felices. Y cuando el entorno les falla, los adultos que los amamos debemos estar a la altura.
    

Premio Guadalupe-Hispanidad 2025


A pesar del color grisáceo con el que amaneció el día de ayer y el dolor inmeso que la notica del fallecimiento de Guillermo Fernández Vara ha generó en mí, no podía perder la integridad y personalidad  necesaria para recibir el premio Guadalupe-Hispanidad 2025, que la Real Asociación de Caballeros de Santa María de Guadalupe ha tenido a bien concederme por los méritos acumulados en favor de Guadalupe, su Real Monasterio, la devoción a Santa María de Guadalupe y la Hispanidad.

No fue nada fácil y él estuvo en todo momento presente desde el primer momento, rindiéndole el homenaje que merecía con un momento de recogimiento y un aplauso sincero de todos cuantos asitieron a la gala de estos premios, a propuesta del Guardián del Monasterio, fray Vidal Rodríguez.

Un honor enorme recibir este premio y compartirlo también con fray Guillermo Cerrato y con el académico mejicano, Rodrigo Martínez Baracs.

Agradezco sobremanera el esfuerzo de todos cuantos quisieron estar junto a mí en este día, de sentimientos econtrados y nada sencillo.

Os comparto en este documento, las palabras que tuve a bien leer una vez recibido el premio.

Os comparto más fotos de este histórico momento.