Los líderes de la Extremadura Rural

Foto: Cabañas de Castillo, Geoparque Villuercas-Ibores Jara, www.elperiodicoextremadura.com

En días pasados, los Grupos de Desarrollo Rural (GDR) de Extremadura hemos tenido la oportunidad de reflexionar y compartir nuestras inquietudes, anhelos e incertidumbres en torno al modelo que venimos aplicando desde hace más de treinta años: la Metodología LEADER. También hemos abordado la continuidad y viabilidad económico-financiera de los programas de desarrollo rural en nuestra región, así como la necesidad urgente de impulsar una comunicación —tanto interna como externa— que permita dar visibilidad a un trabajo que ha sido, sin duda, transformador y determinante para las veinticuatro comarcas rurales de Extremadura.

Las evidencias hablan por sí solas. Los resultados de la aplicación de los programas de desarrollo rural impulsados por los GDR, solo en el último periodo 2014-2022, reflejan con claridad ese impulso: 140 millones de euros de inversión, canalizados a través de 3.600 proyectos, que han contribuido a la creación y consolidación de 2.400 puestos de trabajo. Pero más allá de las cifras, estas estructuras de participación, integración y gobernanza territorial han logrado algo aún más valioso: construir identidad, generar cohesión social, despertar ilusión y, quizá lo más importante, reforzar el orgullo de pertenecer a una comarca.

Y, sin embargo, quienes llevamos años vinculados a estos programas —formando parte de estas estructuras, impulsando proyectos y trabajando sobre el terreno— seguimos preguntándonos por qué, cada vez que se produce una reprogramación de fondos europeos, una negociación entre Estados miembros o cualquier coyuntura que afecta a su aplicación, nos vemos sumidos en una profunda incertidumbre. Una incertidumbre que no solo genera preocupación, sino también una creciente sensación de inseguridad.

¿Cómo es posible que, pese al éxito del método —basado en un enfoque “bottom-up”, de abajo hacia arriba—, a los excelentes resultados obtenidos, a la consolidación de estructuras participativas y democráticas sin parangón, aún existan dudas? ¿Por qué no se ha reconocido de manera definitiva como una herramienta de gestión transformadora, eficaz y plenamente validada por quienes administran los fondos públicos destinados al desarrollo rural sostenible y a la lucha contra el reto demográfico?

La respuesta, aunque incómoda, parece evidente: nos falta reforzar el mensaje. Nos falta construir un relato sólido, coherente y compartido que sea capaz de transmitir no solo los logros alcanzados, sino también la esencia de lo que hacemos: cómo trabajamos, cómo llegamos a los resultados y qué sinergias generamos para mantener vivo un medio rural que, a pesar de su enorme potencial, sigue amenazado por múltiples factores externos.

En estos momentos se están negociando los nuevos fondos europeos que marcarán la hoja de ruta a partir de 2027. Todo apunta a que el desarrollo rural continuará formando parte de la conocida como PEPAC (Plan Estratégico de la Política Agraria Común), aunque previsiblemente con una menor asignación de recursos. Este escenario ha encendido todas las alarmas y refuerza la necesidad de defender con firmeza un modelo que funciona, que está más que contrastado y que ha demostrado ser una herramienta eficaz y eficiente para acercar las políticas públicas allí donde más se necesitan.

Se avecinan nuevos retos —el desafío demográfico, la transición ecológica, la digitalización— que afectan de manera directa a los territorios rurales y que exigen respuestas sólidas, coordinadas y valientes. Europa cuenta con una red de entre 2.800 y 2.900 líderes del desarrollo rural —251 en España y 24 en Extremadura— preparados para asumir este desafío, para gestionar recursos y para construir un verdadero ecosistema de desarrollo que aporte estabilidad, cohesión territorial y legitimidad democrática. Así lo ha señalado recientemente en el Senado el presidente de la Red Española de Desarrollo Rural, Rafael Llamas.

Nos encontramos, por tanto, ante un momento crucial. Un momento determinante, incluso estratégico, para consolidar este liderazgo territorial. Pero no podemos hacerlo solos. Necesitamos aliados, impulsores, defensores convencidos y auténticos catalizadores que crean en este modelo y lo defiendan con firmeza.

Es el momento de sumar, de unir voces, de construir un mensaje claro y contundente que llegue hasta el último rincón de la España rural. Y, sobre todo, de convencer a quienes tienen en sus manos la capacidad de decisión de que apostar por el desarrollo rural no es una opción, sino una necesidad. Porque en ello nos jugamos mucho más que políticas: nos jugamos el futuro, la vida y la dignidad de nuestros pueblos. Y, con ellos, el alma misma de nuestra querida Extremadura.



    

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